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Noviembre

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A continuación presentamos la décimotercera parte del diario de planificación universitaria de María. María nos comparte sus pensamientos y experiencias durante su último año en la secundaria y su primer año en la universidad.

Ya ha empezado el segundo ciclo de exámenes. Después de un largo fin de semana lleno de sesiones de repaso, esfuerzos por memorizar conceptos claves y revisión de dudas de último minuto, está claro que no habrá calma esta semana. El caos comenzó esta mañana con mi examen de Política Comparativa. Mañana siguen con una presentación de "Waiting for Godot" seguida de otra presentación y de una composición de ocho páginas a entregar el jueves conjuntamente con un examen de ciencias el viernes. Así, mientras me sumerjo en pilas de cuadernos, libros de texto y notas al azar, ansiosa por no obviar el menor detalle, trato de no olvidar que, inevitablemente, esta semana caótica tendrá que llegar a su fin. Entonces podré disfrutar del evento más divertido del año aquí en Harvard.

El sábado próximo, la universidad será anfitriona del juego de fútbol americano entre Harvard y Yale que se celebra anualmente. Ésta es una muy anticipada ocasión festiva para la cual los preparativos comienzan desde muy temprano para asegurarse que los estudiantes disfruten lo más posible de esta tradición. Hay parrilladas y conciertos durante todo el fin de semana que se corona con la victoria de alguno de los dos rivales. A pesar de esta rivalidad, los "harvadianos" esperan con ansias dar la bienvenida a sus oponentes de Yale. Aun estudiantes de otras universidades disfrutan de la participación en este evento. Yo, por ejemplo, hospedaré a dos de mis amigas, una de Princeton y otra de Duke.

Lo bueno de la universidad es que los estudiantes se pueden desplazar fácilmente, ayudados por un buen sistema de transporte público. Cuando la cantidad y ritmo de trabajo permiten, trato de dejar Cambridge y saborear el clima de Boston con todas sus tiendas, restaurantes y parques. Recientemente asistí a una función del grupo Cirque Du Soleil, la cual fue fascinante. También asistí a un espectáculo de danza moderna hace unos días que fue preparado por los estudiantes mismos. No obstante, uno debe ser muy cuidadoso con la organización del tiempo libre. Recuerdo que durante el primer fin de semana extendido que pase aquí, no calculé bien el número de tareas que tenía asignadas y me fue muy difícil ponerme al día con el trabajo después. Ahora me he dado cuenta de que tengo que dedicar aunque sea un mínimo tiempo al trabajo escolar cada día.

Ya he estado pensando en lo que voy a hacer el próximo verano. Harvard ofrece numerosas oportunidades para internados, empleos y cursos a través de las oficinas de programas internacionales y servicios profesionales. A mí me gustaría viajar a Latinoamérica y participar en un internado para algún grupo de servicio social. Tener experiencia profesional e internacional tiene mucho valor para una carrera de posgrado mientras que también satisface mis deseos de explorar y verme expuesta a nuevos estilos de vida y culturas. La verdad es que la idea de viajar extensamente y estudiar más idiomas me motiva mucho. El próximo semestre puede que tome un curso de portugués cuya melodía me parece sumamente atractiva. Independiente de lo que termine haciendo, es muy importante planear temprano las actividades del verano. Las solicitudes de ingreso se tienen que entregar muy temprano y algunos programas requieren cursos específicos que podría tomar con tiempo cuando sepa cuáles son.

Pero, en lo que se refiere a estudios internacionales, existe un programa en particular con el cual sueño constantemente. Resulta que Harvard obtuvó una autorización especial para enviar estudiantes a la Universidad de la Habana. La idea de poder vivir en mi país nuevamente, en mi ciudad nativa, tan cercana a mi familia y hasta en las mismas clases de algunos de mis amigos es difícil de asimilar por lo increíble que es. Nunca pensé que tendría esta oportunidad así que estoy más que lista para aprovecharla. Aquí en los Estados Unidos, mis padres me apoyan. Al otro lado del mar, en Cuba, mis familiares me esperan con los brazos abiertos. En mi mente, nada en ellos ha cambiado, como no han cambiado las calles y edificios y arbustos de mi vecindario.

¿Pero serán realmente los mismos? En medio de toda mi emoción, un cierto temor se apodera de mí al pensar que puede que haya idealizado todo durante estos largos cuatro años y que de la realidad de ensueño sólo queden ilusiones. Puede que me de cuenta de que, a pesar de mi lucha contra una adaptación inevitable a nuevas calles y edificios y árboles en los Estados Unidos, inconscientemente haya forjado una nueva identidad.



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