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Mayo

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El siguiente es el decimonoveno capítulo del diario de María. María nos comparte sus pensamientos y experiencias durante su último año en la secundaria y su primer año en la universidad.

El final de mi primer año en la universidad ha llegado en medio de tanta locura que ni siquiera he tenido tiempo de darme cuenta de que solo en tres días estaré camino de regreso a casa. He tenido mucho trabajo estas últimas noches. Lo normal ha sido irme a la biblioteca después de cenar y quedarme allí hasta las primeras horas de la madrugada, terminando trabajos escritos y repasando las notas para los exámenes finales. Siempre me parece increíble ver a tantas personas estudiando hasta tan tarde en los salones de la biblioteca, como si esta rutina fuese completamente natural. Por suerte la cafetería de la biblioteca ofrece café con leche y croissants casi toda la noche y muchos de nosotros nos reunimos allí para descansos breves y apoyo mutuo.

Sin embargo, probablemente hubiera sido más sabio no invertir mi horario de dormir tan drásticamente. Después de todo, voy a estar tomando examenes por la mañana y necesitaré ajustarme para estar más energética y eficiente durante esas horas. Me parece que entonces tendré que dejar de tomar tanto café. He asociado su sabor con el estudio y ahora no puedo tener uno sin el otro.

En Harvard, los finales consisten de exámenes o ensayos, según el curso. Para Macroeconomía, nuevamente voy a tener que soportar tres horas de puro estrés respondiendo preguntas de opción múltiple y de composición. Ya he releído todos los capítulos y artículos con el material que será examinado para esta asignatura.

El día antes estaré enfrascada en el examen para mi curso de literatura sobre Cortazar y Borges. Como está previsto que recojamos el examen y lo contestemos por nuestra cuenta, la profesora nos ha pedido que firmemos un documento expresando nuestro acuerdo con el código de honor. Éste básicamente indica que los estudiantes no consultarán ningún material o compañero de clase para obtener referencias mientras se examinan. Cuando llegué a la universidad por primera vez, esta prueba de confianza me sorprendió bastante, ya que nunca estuve expuesta a ella durante el bachillerato (preuniversitario). El código realmente impone una reflexión sobre la madurez y disciplina que se esperan de los estudiantes.

Por suerte no tendré exámenes finales para mis clases de discurso o escritura expositiva. De todas formas, para la primera tuve que dar un discurso original ante una audiencia considerable. La experiencia fue fantástica, a pesar del nerviosismo. Ahora me siento mucho más cómoda dirigiéndome a un grupo grande de personas y distinguiendo entre el volumen de la voz, ritmos y tonos para enviar mi mensaje más efectivamente. En muchas de las entrevistas y presentaciones que tuve este curso, verdaderamente aprecie el haber pulido esta habilidad. Para la clase de escritura tuve que entregar una composición de diez páginas sobre los resultados de mi investigación sobre el tema de las mujeres, la política y la autoridad. Aunque las tareas fueron un reto, ésta probablemente fue mi clase favorita. Nunca me había inscrito en una clase que se enfocara solamente en la escritura y hasta sentía algún escepticismo en relación a la forma de enseñar esta materia, sin ningún tipo de análisis literario complementario como es usual en las clases de inglés. Pero no solo mi escritura mejoró tremendamente; hasta mi voz y estilo se volvieron mucho más académicos. Me acuerdo que en el bachillerato (prepa) las preguntas de ensayo despertaban en mí una escritura mucho más florida y metafórica, dejando que enfatizase el aspecto creativo y no expositivo de mi trabajo. Las composiciones académicas, sin embargo, son completamente diferentes en este respecto, y el proceso de seleccionar y citar textos bibliográficos con efectividad requiere mucha práctica.

A medida que comparto mis experiencias de fin de curso me acuerdo que hace un año, alrededor de esta época, yo era una persona totalmente distinta. La María del bachillerato era mucho más acelerada, siempre estresada y preocupándose por el más mínimo detalle. Ni siquiera me había graduado y ya estaba escogiendo las clases para el otoño en la universidad, y pensando que mudarme lejos de mi comida cubana y clima cálido sería insoportable.

Es increíble por cuánto cambio he pasado. Todavía siento ese dinamismo, siempre estoy ocupada y apresurada, especialmente cuando hablo, como pueden comprobar mis amigos. Pero durante este año, lejos de mis padres, ajustándome a la independencia, me he dado cuenta de que la mayoría del tiempo las preocupaciones y el estrés no valen la pena. Este año finalmente comprendí el significado del concepto de "intelectual," y comprendí que no tiene nada que ver con ansiedad. En el bachillerato, nunca tuve tiempo de leer un buen libro, de hacer ejercicios, de salir los fines de semanas con amigos y disfrutar de su conversación. Me privé de mucho entretenimiento, pensando que obstruiría mis metas académicas, pero ahora sé que el verdadero intelectual, la verdadera mujer renacentista, le da valor a mucho más que lo puramente académico.

Ni siquiera se trata de actividades extraescolares, servicio comunitario o las recetas típicas para el triunfo universitario. Hablo de leer por cuenta propia, de hacer jardinería, de conducir investigaciones sobre los temas más extraños solamente para satisfacer la curiosidad, de leer el diario y de hacer ejercicios aunque sea esporádicamente. Hablo de dormir por lo menos ocho horas cada noche y de mantener una dieta sana y ver una buena película los viernes en la noche con los padres en vez de salir a una discoteca o de quedarse despierto toda la noche leyendo para un examen de Historia Americana.

Yo, por supuesto, no pretendo escribir mi propia "Guía para . . ." o actuar como la universitaria con experiencia. Yo solo habría deseado que alguien me hubiera hablado francamente en el bachillerato (prepa) y abierto los ojos a todo lo que me estaba perdiendo por limitar mi aprendizaje a lo que cada clase demandaba.

El año próximo volveré a la universidad mucho más preparada para enfrentar los retos del segundo año. Después de trabajar en Nueva York todo el verano, espero hacer nuevas amistades y adquirir una perspectiva más profesional, lo cual será muy valioso. El no estar en mi casa durante el verano será muy triste, y es por esto que muchos de mis amigos de primer año han decidido regresar a sus ciudades natales para estudiar o trabajar ahí. Pero yo tenía que aprovechar la oportunidad de trabajo que se me había presentado, y mis padres me apoyan.

Lo único que me separa de este verano ahora son los exámenes finales. El sábado, después de terminar Economía al fin, cuatro cajas enormes de FedEx me estarán esperando en mi cuarto, listas para guardar abrigos, libros y materiales escolares. Cuando me mude al nuevo dormitorio para los estudiantes de grados superiores en septiembre, seguro extrañaré mi cuartito con tragaluz alto y vista. Después de todo, éste fue el primer cuarto que pude mantener sorpresivamente organizado sin la ayuda de mi mamá. También este cuarto fue el testigo de muchas noches de insomnio y mi refugio en los días helados de invierno. Creo que el apego que le tengo solo puede significar que Harvard al final se ha convertido en un segundo hogar para mí.



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