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Agosto

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A continuación presentamos la vigésimo segunda parte del diario de planificación universitaria de María. María comparte con nosotros sus pensamientos y experiencias durante su último año en la secundaria y su primer año en la universidad.

Mi experiencia como inmigrante cubana hizo que se desarrollara en mí una idea muy concreta sobre el cambio, después de mudarme a los Estados Unidos. Llegué a pensar que cualquier otro suceso transformativo que se produjera en mi vida desde entonces, tendría una influencia pequeña en comparación con el impacto que este cambio había producido en mí: lo que no fuera un cambio gigantesco, no representaría cambio.

Sin embargo, después de este verano, esta idea sobre el cambio se ha vuelto mucho más abstracta y realista. Solamente en los dos meses transcurridos, me he encontrado viviendo en tres lugares diferentes por largos periodos de tiempo: Cambridge, Miami y Nueva York. Al mismo tiempo, me he encontrado haciendo la transición de la vida de estudiante a la vida de trabajadora, y luego a la vida de hija y hermana. En este momento, mientras escribo estas últimas anotaciones para el ACT, una pila de maletas espera en una esquina de mi cuarto el próximo viaje de regreso a las clases.

Debo admitir que subestimé el grado de movilidad que ha invadido todos los aspectos de mi vida. En la universidad, todo, desde las relaciones sociales a la situación residencial, siempre está cambiando. Un estudiante universitario tiene la flexibilidad de cancelar o añadir cursos, de viajar a países extranjeros a través de programas de intercambio y hasta de cambiar de especialización y trayectoria profesional. Como becaria también experimenté cambios significativos. Durante dos meses trabajé en departamentos diferentes con diferentes responsabilidades y supervisores. En casa ya no soy la hija mayor de mis padres, sino su mejor amiga y confidente.

Para un joven estudiante o profesional que vive en los Estados Unidos, el cambio se ha convertido en un fenómeno inevitable. Como estudiante extranjera e inmadura, mi reacción inicial ante este fenómeno fue resistir. En la misma forma que soñaba con volver a Cuba durante los primeros meses que pasé en este país, nunca tuve fe en mis posibilidades de asistir a una universidad como Harvard o de conseguir una beca tan temprano en mi carrera universitaria. Nunca me visualicé abandonando a mis padres a los 18 años, o abandonando la idea de especializarme en economía para enfocarme en historia y literatura. Pero pronto aprendí que mi resistencia no era un signo de mi aversión hacia el producto del cambio, sino del miedo a aventurarme en lo desconocido.

Todas mis nuevas experiencias me han enseñado a apreciar la importancia de cualquier transformación. He aprendido que, en efecto, aunque puede haber crecimiento sin cambio, no puede haber cambio sin crecimiento. He aprendido que el cambio será positivo mientras yo sea su motor y mientras lo experimente con convicción y entusiasmo. Hoy puedo decir firmemente que he madurado como persona y estudiante. Si no hubiera sido por la trayectoria cambiante de los pasos que he ido dando, me habría estancado y hoy desconocería las infinitas posibilidades que se me han presentado y entre las cuales he tratado de escoger con sabiduría.

Comienzo mi segundo año en la universidad con la misma ilusión inocente que tuve cuando por primera vez puse pie en el precioso patio de Harvard. Estoy lista para enfrentar las nuevas experiencias que me esperan con optimismo y coraje, confiando en que ya cuento con las herramientas que necesito para llevarlas a buen término. Espero que a través de estas anotaciones, a través de los diferentes sucesos que he narrado, les haya expresado la misma pasión por la vida que ahora siento, cuando finalmente puedo valorar cada uno de sus aspectos y no solamente los más luminosos. Porque hasta un cambio negativo puede contribuir al crecimiento, y el crecimiento mismo es la razón principal para ser feliz.



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